Mi eterno gran reto personal

¡Por fin! ¡De vuelta en la aldea ciberespacial!

Después de un par de días con problemas técnicos, estoy de regreso. En realidad, estoy en días de regresos, porque también he regresado al gimnasio, después de dos meses de involuntaria ausencia. Y porque estoy nuevamente escribiendo bastante, y animándome a hacer un poco de música de nuevo (aunque por el momento más estoy escuchándola).

Pero, de vuelta con el tema del título, hablemos de mi gran reto, mi trauma, mi punto débil y mi obsesión: mi peso y mi figura.

Sí, empecé a preocuparme por eso desde la tierna edad de 12 añitos, cuando hasta mis padres se desesperaban porque la ropa que me compraban me quedaba chiquitísima al muy poco tiempo. Y mientras mis compañeras de secundaria crecían pero se mantenían flacas, yo, como se dice “echaba cuerpo” por todos lados.

A los 13 años recibía toda clase de silbidos, exclamaciones y “entusiasmos populares” cuando iba por la calle: ya medía 1.60m, ya usaba brassiere talla 34B, y en general estaba desarrollada y aparentaba bastante más edad. Pero, como decía en mi anterior párrafo, mientras mis compañeras de colegio usaban pantalones talla 28, yo ya tenía que usar talla 32, lo que me hacía sentir como un espécimen en desventaja darwiniana en la competitiva carrera que es la adolescencia. Como ya las generosas anatomías de Sofía Loren y Marilyn Monroe habían pasado de moda hacía mucho tiempo, empecé con mi lucha para asemejarme más al paradigma de entonces (1982), es decir, a la esquelética Bo Derek.

Para colmo, gran parte de mi contextura es de origen genético. Mi abuela tenía la misma figura en forma de pera; mi madre y mis tías y primas también. Nunca, ni de adolescente, medí 90-60-90. Recuerdo el asombro de la costurera que hizo mi vestido de quinceañera ante las medidas que anotó: 95-70-110.

Afortunadamente en esa época no había liposucción ni ninguno de los productos “¡Llame YA!” de ahora, porque seguramente yo habría torturado a mi pobre padre para que me pagara todo eso. A tales extremos llegaba mi desesperación por no ser flaca que hasta pensé en recurrir al vómito después de las comidas. Nunca lo hice, porque las inhibiciones que me inculcó mi mamá resultaron muy útiles, y me lo impidieron.

De modo que, cansada de todos los apodos de gorda que me ponían en el colegio, opté por lo único a mi alcance: el ejercicio. El problema fue que era (y sigo siendo) una taba total para los deportes colectivos y/o de competencia, que mis profesores de Educación Física eran otras tabas sólo nos hacían jugar vóley y ranear… y que hacer gimnasia en casa me parecía (y me lo sigue pareciendo) muy aburrido.

Por suerte en la parroquia tenían un equipo de basket donde casi todos eran tan ultra-tabas como yo, así que no se me notaba tanto. Y me uní allí mismo a uno de los grupos de danza, que eso me resultaba más familiar y motivador. Pero, por más que me mataba jugando basket (de pívot), corriendo y bailando, no bajaba de peso. Sí puedo decir que modelé un poco mi figura y afiné algo de cintura y barriga: pero no reduje tallas, ni me parecía en lo más mínimo a Bo Derek, más conocida por “10: La Mujer Perfecta”. Más bien parecía la hermanita menor de Amparo Brambilla, la exvedette, en sus tiempos juveniles (¿alguien se acuerda de ella?).

Sin embargo, algo pasaba. Aún con mis inusuales medidas, fuera del colegio nadie me decía “GORDA”. Más bien mis compañeras de colegio se quedaban turulatas cuando salíamos juntas a otros sitios, porque solía ser yo la que atraía galanes. En fin, para cuando entré a la universidad, tenía bastantes “fans” haciendo fila, sólo que yo, con la autoestima por los suelos, tardaba mucho en reconocerlo. Me miraba al espejo y me veía a mí misma cual gorda de Botero, aunque el teléfono no parara de sonar con invitaciones.

Ya estando por acabar la Universidad, e instalada en nuevo barrio, descubrí un gimnasio donde al cabo de un par de semanas me sentí a mis anchas. Roger, mi primer entrenador serio, me enseñó muchos de los trucos para potenciar los beneficios del ejercicio, quemar más calorías y lograr los objetivos buscados con el ejercicio… y me ayudó también a modificar mis hábitos alimenticios. Allí sí, ¡eureka! bajé de peso por fin… pero solamente llegué a usar talla 30 (y a la trinca) en pantalones.

Pero para entonces ya estaba empezando a racionalizar las cosas con respecto a mi peso y figura, y había entendido que:

  1. A la hora de plantearse bajar de peso, uno no puede tomar modelos irreales. Es decir, si tienes genes africanos jamás tendrás caderas de china ni pompis de gringa. Y obviamente ya había entendido que mis genes enrevesadamente mestizados jamás me permitirían llegar a una talla 28, ni mucho menos parecerme a Bo Derek ni a Michelle Pfeiffer.
  2. Que no todo es físico y apariencia, que hay otras cosas. Algo parecido a lo que algunos llaman “belleza interior”. Una de mis compañeras de colegio, la más flaca y respingona (y la más parecida a Bo Derek), era también una sobrada de miércoles a quien todo le apestaba. Y sí, adivinaron, era la que más apodos me ponía, seguía entonces (y hasta ahora sigue) vistiendo santos.
  3. Que las mujeres que la industria de la moda y el espectáculo nos pone como modelos no corresponden a nuestra realidad. Ni siquiera a la realidad de sus países. Y que si hacen de todo y recurren a todo lo imaginable para mantenerse “en forma”, es porque su cuerpo es su herramienta de trabajo, y fuente de trabajo, negocios y dinero para ellas y muchas otras personas. Y que esas “Mujeres Modelo” tienen todo un séquito de ayudantes para atender su casa y su familia (y a ellas mismas) mientras éstas se ejercitan horas de horas o se hacen aplicar “n” tratamientos.

Me gradué, empecé a trabajar, viajé, y mientras más me dedicaba a mis proyectos profesionales (y a mis romances) menos tiempo tenía para ejercitarme. Finalmente, después de haber entrenado seriamente poco más de dos años, dejé de ir, poco a poco, al gimnasio, aunque cuando me dí cuenta de que ya lo había abandonado tomé nota mental de volver pronto. Pero me fui volviendo sedentaria, y allí empezaron mis problemas nuevamente. Entre el trabajo, la música y la alegre vida social de soltera, no tenía tiempo más que para un par de sesiones de jogging a la semana, en el parque. Volví a usar talla 32, pero como me cuidé con la comida y no subía más, me conformé con eso.

Cuando me casé, a mi esposo le parecía que yo no comía nada. Claro que en comparación con lo que él come, hasta un elefante no come nada. En fin, que él siempre me animaba a comer “un poquito más”, y gané algunos kilos. Después salí encinta. Me cuidé mucho y sólo subí 10kg. A la semana del parto ya había perdido 8kg, y con tres meses de lactancia ya había perdido los otros dos. La lactancia me mantuvo delgada: pero no podía perder los kilitos extras que había acumulado antes de embarazarme.

El problema más grande, sin embargo, vino cuando cambié a mi hija de pecho a biberón; comencé a subir de peso casi sin darme cuenta. Después vinieron otros problemas económicos y personales, estuve deprimida un tiempo… y se me dio por comer y comer… y poco a poco fui engordando más. Y más… y más…El año pasado volví al gimnasio, (esta vez en otro gimnasio, parecido al primero) pero este año lo tuve que dejar un par de meses, en verano, por circunstancias familiares. Pero bueno, oficialmente, desde la semana pasada he vuelto a entrenar.

No me olvido de que, para no deprimirme ni desanimarme, me debo plantear metas realistas: ya no tengo 24 años, tengo 39 y ya he estado embarazada, así que mi cuerpo ya no es el mismo, y debo luchar contra la tentación de sentirme horrible y culpable. Hoy me sobran 8 kg., pero como ya no estoy deprimida, me he propuesto tomar al toro por las astas. Estoy en plan low-fat y a full cardiomuscular, aeróbicos y máquinas, así que espero volver a mi peso (casi) normal en unos 6 meses.

¿Por qué les cuento estas cosas? Puessssss… como dice Brujis, bloguear es más barato que el psicoanalista (¡jaja!), pero además, porque de verdad esto es todo un rollo para mí, y el poderlo hablar en público es todo un logro, porque años antes habría preferido suicidarme antes que ventilarlos.

Y si alguna vez envidié la figurita de Britney Spears, ahora la pobre chica me da pena. Todos, todos se le han ido encima con el asunto de sus 20-y-pico kilos de más, y no me es difícil ponerme en su pellejo post-maternidad e imaginarme la enorme presión que tiene encima –tanto de la opinión pública como de los ejecutivos de su disquera– por ser una buena madre y por volver a ser la delgada sex-symbol-vende-discos que solía ser. Esa tensión es para poner a cualquiera a devorar cajas y más cajas de chocolate.

Y a propósito, encontré un artículo acerca de las tallas de ropa cada vez más chiquitas y ridiculitas, como las que menciona Vero:
http://www.gordos.com/defaultSecciones.aspx?ID=775

Nos vemos.

13 comentarios sobre “Mi eterno gran reto personal

  1. Hola. Sí, supongo que para muchas mujeres debe ser “difícil” hablar de esto en público. Tengo un par de amigas que ya pasan los 40 y se sienten aludidas cuando se toca el tema en cuestión y ya te imaginarás los tremendos líos que se arman. Ah! gracias a tu radioblog puedo escuchar algunas canciones que me acompañaron buena parte de mi adolescencia y juventud. Aunque tengo algunos discos por ahí, en Japón no me da tiempo para escucharlos. G. Benson es uno de ellos. Saludos.
    Enrique

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  2. Es verdad. Aunque el “metrosexualismo” está trayendo este culto al cuerpo híper delgado al bando de los hombres también… Menos mal que nunca fui (ni seré) uno de ellos…
    Por otro lado, viviendo en Japón no puedo engordar (más) así me lo proponga. ¿Cuántos kilos de tofu tendría que comerme para suber medio gramo? ¡Ja!

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  3. Debo refutar a Giancarlo. En Japón dificilmente uno puede subir de peso, pero es dificil bajarlo! Yo cual ingenuo pense qe como TODOS mis amigos regresaron mucho más delgados sería mi caso. ERROR, no baje ni subi. Claro, mi dieta no era precisamente la más sana, pero 1 hora de bicicleta diaria no bastan para mi! T_T

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  4. A mi esposo le pasó algo similar, Cloud: él volvió de Nihon (Kanagawa) subido de peso y con el colesterol elevado. Con la vida apurada que se lleva allá, las más de las veces comía bento, que trae mayormente cosas fritas. Menos mal que ya se empezó a cuidar, y con el tratamiento de Zetsim ya se le normalizó el colesterol.

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  5. Me encanto el post, en general los post largos son indigestos, pero este merece ser leido y disfrutado.
    Cada vez que pienso en pasar los 30 me imagino a misma con el cuerpo de cantaro piurano, o de vendedora de tamales, por la irresponsabilidad en la dieta y mi vida sedentaria. Durante años mis amigas me invitaron a gimnasios y demas lugares en donde el ritmo colectivo del 1, 2, 3! sigan chicas! me llenaba de panico,mas aun, el saber que mientras las demas iban a la izquierda yo saltaba a la derecha. Un dia conoci el tae bo y mi naturaleza de golpea-gente se vio regocijada con tanta patada y puño al aire…jamas fui tan feliz como cuando sudaba hasta por el pabellon auricular.
    Me parece genial conocer a mujeres que tienen la voluntad de ir a gimnasios y cuidarse para sentirse bien ellas mismas, venciendo toda flojera o vergüenzitis propias de quien prefiere el control remoto al jogging.
    Suerte en el reto.

    Un saludo.

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  6. Hola, te cuento que en la época del colegio yo me sentía gordo, me veía como el chico mas asqueroso de todos, sentía que nada me quedaba, sentía vergüenza de ir a las fiestas, que todo el mundo se iba a reír de mis rollos. SORPRESA!!!!!!!!, fue cuando después de años de salir del colegio vimos los videos de esa época. Me vi!!!!!!!!! Era delgado, era flaco, pero mis miedos, mis traumas me hacia verme y sentirme una persona con sobre peso.

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  7. Lo de la gordura creo que es un karma quie las mujeres arratraremos eternamente, y todo por culpa de la publicidad y como bien dices, de las tiendas donde solo encuentras ropa chiquitita. Yo hace años que no puedo mantener mi peso en un mismo nivel, por lo general los veranos bajo harto de peso y me siento regia pero apenas empieza el friecito me arranco a comer chocolates como loca y engordo. No me vendría mal tampoco inscribirme en un gimnasio, tu post me ha motivado…

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  8. Ja Ja.
    Lipo, no. Dicen que desórdenes alimenticios, que se yo. Quiero pensar que es por voluntad y constancia…
    En fin, no quiero ni por asomo enfermarme, pero sí sacar lo mejor de mi.
    Nos leemos!!!

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  9. Muy bacán tu post Isa.

    Me imagino que tu bandeja de mensajes va a verse atiborrada de “espontáneos amigos” que van a querer,por un lado, comprobar las bondades de tus medidas anatómicas y por el otro,demostrar que a los peruanos si les gusta bien “taipá”.

    Precio de la fama, que le dicen.

    Ironías aparte, me parece muy bacán que hayas tenido la iniciativa de explayarte en un tema que no deja de ser espinoso.Ojala mucha más mujeres tuviesen tu misma iniciativa y entendiesen que entre la obesidad mórbida y las medidas anoréxicas existe un justo medio al que se puede y debe intentar llegar.Yo desde los 25 años batallo con mi peso, bajo por épocas, subo otras tantas,encima me alimento en forma muy anárquica pues como lo que quiero, en donde quiero y a la hora que me da la gana.

    Ahora parece que me estoy civilizando un poco en ese sentido, me haré eco de la fuerza de voluntad y decisión que se ve que tienes para poder seguir en la brega.

    Apropo,parece que Barbie hizo su incursión en la blogósfera.Habrá que buscarle un Ken.

    Saludos

    Schatz

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  10. Hoy lei una entrevista al Dr. Pun en El Comercio, quiza te ayuden esas hierbitas …que no se fuman,eh! por lo demas solo te sugiero, ser feliz–>

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