La vida es un gran viaje…

Hay momentos en la vida en los que uno simbólicamente cierra círculos, y no para finalizar etapas, sino para entender lo vivido y seguir adelante con el futuro. En los que cosas o personas que pasaron por nuestras vidas hace mucho, retornan, como una cápsula de tiempo; y junto con las personas y las vivencias que con ellas vuelven, llega también la oportunidad de comparar quiénes éramos en ese entonces y quiénes somos ahora, a dónde hemos avanzado, qué aprendimos.

Pero es más que introspección. Es también comprobar cuáles lazos siguen intactos y cuáles no tanto. Aunque no es muy frecuente, todos nos ha pasado reencontrarnos con alguien luego de mucho tiempo, y comprobar que el vínculo sigue tal cual; que aunque hayan pasado 10, 15 años, uno se siente como si apenas ayer hubiéramos dejado de vernos.

Me sucedió con mis amigas del colegio al reencontrámelas en las Bodas de Plata de la promoción; me sucedió con muchos de mis amigos de Universidad cuando nos empezamos a contactar vía Facebook, y ahora nos encontramos con cierta regularidad; y me ha ocurrido alguna que otra vez con alguna persona muy especial.

Tuve una de esas mágicas vivencias esta esta semana con Enrique, a quien me reencontré aquí en Lima hace pocos días. Para quienes no siguen mi otro blog, Enrique y yo recorrimos medio Perú en misión periodístico-fotográfica estilo Indiana Jones, en un viaje de trabajo que no sólo nos hizo grandes amigos sino que fue para mí un punto de partida de muchas reflexiones; fue una impagable oportunidad de vivir más profundamente mi país y conocer a mi gente.

Pero también fue un punto de quiebre en cómo estaba llevando mi vida y una visión de lo que podía llegar a ser/hacer. Fue uno de esos viajes que nos acompañan siempre, no sólo por los sitios que se vieron o por la foto que se tomó o por el artículo que escribimos, sino, fundamentalmente, por lo que se vivió.

Cuando Enrique regresó a su Barcelona nos mantuvimos en esporádico contacto epistolar, y luego vía email, pero, seamos francos, cada uno tenía su propia vida y nos enviábamos unas pocas letras de vez en cuando. Cada uno, desde nuestro lado del charco, cambiamos de trabajos, hicimos familias, enfrentamos serios problemas, migramos a la fotografía digital, capeamos la crisis de las industrias editoriales, y sobre todo nos enfocamos en, como dicen en España, darle al curro como locos.

De modo que cuando hace un par de semanas recibí un jubiloso y entusiasta email diciéndome llego a Lima este 29, yo pensé, ay, sí claro Enrique, esta es como la quinta vez que anuncias posible llegada, ¿no?…

Enrique y yo en el Café Z.

Y Enrique llegó. Me encontró resfriada, con una bronquitis mal curada, resollando como perro asmático en agonías y abrigada como esquimal en ventisca, pero yo no iba a dejar de verlo ni aunque hubiera tenido que ir en ambulancia o enchufada al respirador.

De otro lado, él venía triplemente contento; por estar de nuevo en Perú, por encontrarnos, y porque España acababa de ganarle a Portugal un partido del Mundial… y venía corriendo porque llegaba tarde a nuestra cita.

– Perdóname la tardanza (abrazo), soy un impresentable (abrazo de oso) pero, hombre, venga ya, ¿qué ha sido de tu vida, Isabelilla?

– Hombre de Dios (abrazo), han sido cuántos años…? (TOS) Este, (poniendo cara de susto) no, mejor no cuentes, (TOS) ¡no nos conviene! (TOS TOS TOS).

Ha pasado tanto tiempo desde 1996, cuando hicimos ese viaje épico, que a veces, sumida en el vértigo de mis ocupaciones cotidianas, cuando tengo la ocasión de recordarlo me parece que fue en alguna anterior reencarnación. Verlo allí fue la prueba palpable de que todo fue verdad: todo sucedió en esta vida.

Pero lo mejor de todo fue que pese a los trece largos años, la amistad, el vínculo, la emoción, el entusiasmo, se mantenía como si sólo hubiera pasado una semana.

Pensé en mi amiga Gladys que suele decir que la amistad es la forma más perfecta del amor: pero sobre todo pensé en Anais Nïn y su frase “Cada amigo representa un mundo dentro de nosotros, un mundo que tal vez no habría nacido si no lo hubiéramos conocido”. Y es que… me autoplagiaré: en estos tiempos de individualismo feroz, viajes, mudanzas y divorcios express, la amistad viene siendo la más importante de las relaciones humanas.

Mundos, viajes, descubrimientos. Nos pasamos horas recordando anécdotas, poniéndonos al día con nuestras vidas paralelas, contándonos todas las cosas que nos han pasado, y compartiendo esos mundos que nos nacieron dentro después de hacernos amigos. Comprobando que ese viaje que nuestra amistad empezó en la carretera Los Libertadores aún no ha terminado.

Si no hubiera estado yo tosiendo rochosamente como Marguerite Gautier cada cinco minutos, y si él no hubiera tenido que tomar un avión a otra ciudad del Perú a las 4am, nos habríamos quedado charlando hasta altas horas. Pero prudentemente, como corresponde a nuestra edad, nos despedimos temprano. Ya habrán otros reencuentros.

Y cierro este post con una de las canciones de ese reviejísimo casete de Mecano que escuchamos no sé cuántas veces en la casetera del auto durante el viaje aquel… “No hay marcha en Nueva York”.

5 comentarios sobre “La vida es un gran viaje…

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  1. ¿Como corresponde a vuestra edad? Mmm… debe ser una de esas sensaciones que te deja el estar enferma, ¿no? ja, ja.
    Qué lindo se siente un reencuentro así, después de tantos años de paréntesis. Tanto que a veces parece que todo se vivó en otra vida. He estado ahí.

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  2. Tienes razón Gabriela… y sí, eso de “nuestra edad” era en realidad una broma…. como estábamos malitos, yo mi problema respiratorio y él con su jet lag…

    besito Gabriela!

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