La historia (musical) se repite (post reeditado).

Ya que estoy con la onda de las nostalgias musicales en estos días, republico un post que apareció en mi anterior blog, titulado  “La historia (musical) se repite“, del Sábado 7 de Octubre de 2006.

En el link original pueden ver todos los comments que tuvo en ese momento…

La generación de mis padres (que vivió su juventud en los años 50’s) fue amenazada desde los púlpitos con ser excomulgada si bailaba el mambo. Dicho baile era considerado escandaloso, y de las famosas bailarinas de la época se decía que aparecían “impúdicamente desvestidas”. Mambo = Anatema (*).

Mi madre, hasta ahora fanática de The Beatles, cuenta (muriéndose de risa) que en los 60’s el culpable del inminente fin del mundo no era la bomba nuclear, ni el comunismo, ni el napalm, ni la recién inventada píldora anticonceptiva, sino el rock’n roll. Madres y padres se hacían cruces, escandalizados, al ver las contorsiones del nuevo baile, pero sobre todo la moda que trajo poco después consigo; chicos de cabello largo, chicas con minifalda. Esta vez, rock = anatema.

En los años 70’s, cuando yo tenía 4 o 5 añitos, recuerdo que se armó una batahola porque el entonces presidente Juan Velasco hizo expulsar del país a recién aterrizadito Carlos Santana, dejando plantados a todos los que iban a asistir a su concierto en el Estadio de San Marcos. De Santana se decían incendios: que si era drogo, que si era inmoral, que si era comunista, que si… en fin, casi todo pecado imaginable era atribuible a él. Y claro, los padres de familia lo consideraban una influencia casi satánica para la juventud. Otra vez variaciones sobre el mismo tema: Santana = Anatema.

Cuando ingresaba a la secundaria, se desató la fiebre de la música disco, con la película “Saturday Night Fever”, bodrio total del cual lo único que rescatable hoy es el hecho de ser la prueba de que Travolta alguna vez fue flaco. Esta vez los escandalizados, más que nuestros padres (quienes todavía recordaban muy bien cómo habían sido ellos cuando jóvenes) fueron nuestros hermanos y primos mayores, y algunos de los tíos más jóvenes, acostumbrados a la psicodelia, al rock progresivo y a los grandes supergrupos de los setentas: nos jodieron de lo lindo por nuestro mal gusto. Digamos que el disco fue un anatemita.

Ya universitaria, en los ochentas, se desataron el punk y el new wave. Acá en Perú, también se desató el rock subterráneo, el cual así como tuvo fans, también tuvo enemigos acérrimos. Jóvenes contra jóvenes. Muchos blogueros mayores de 35 deben todavía recordar las broncazas a muerte entre subtes y punkekes… El punto es: las caras de horror estaban de vuelta. Esta vez eran de los padres, unidos en frente común con nuestros hermanos mayores en contra del llamativo ritual poguero, y muy especialmente ante las explícitas, lisurientas y y deslenguadísimas letras de los subtes. Nuevamente se oían los pasos del cercano fin del mundo, aunque parece que el toque de queda de entonces le impidió acercarse más a nosotros. O quizás Sendero Luminoso asustó al Diablo.

La música popular de los noventas se me pasó un poco como entre una bruma, porque me metí de lleno a la profesión y tenía menos tiempo, y porque con la llegada de los CD’s, que eran carísimos (aún no los pirateaban) y la globalización, era imposible estar al tanto de toooodo y me volví más selectiva. Pero sí me acuerdo que en muchos de los sitios adonde iba a bailar en esas épocas de joven profesional soltera hicieron furor los temas de Edgardo Franco, más conocido como “El General”, quien hasta vino a Lima en el furor de su popularidad. Mi generación (y también los que ahora tienen 30) se vaciló de lo lindo con él: el que diga que no, ¡miente!. Hasta nuestros padres movieron el esqueleto en las fiestas familiares al son de “Muévelo, muévelo, muévelo mami…”, esta vez regocijados y sin ver acercarse al fin del mundo. Quizás el uniforme de El General les hizo sentir que el orden no sería quebrado.

Y ahora entro (por fin) al punto. Pensando en algunas amigas madres de adolescentes que se desesperan al saber que bailan re-ggae-tón en las fiestas, me puse a escuchar mejor el famoso perreo y de pronto me dí cuenta, aterrorizada, de que había una mosca en mi sopa (y en las de mis amigas): musicalmente, en términos de base rítmica (bajo y batería) y en el estilo de ¿cantar?, me recordaba mucho, demasiado, al intergeneracional “Muévelo, muévelo” de El General. Los reggaetoneros no cantan; rapean. El General “canta” (bueno, es un decir) pero acercándose mucho al estilo de los raperos.

¡Doble Plop! ¿Y las letras? Pues que El General que alegró las fiestas de mi generación y hasta las de mis padres tampoco se salva. Las bailarinas que traía El General a sus shows en vivo bailaban casi lo mismo que los “perreadores” de ahora. En realidad, dicho sea con toda imparcialidad, prácticamente la única diferencia grande es que, mientras el re-ggae-tón tiene letras callejeramente sexuales y explícitas, El General y sus contemporáneos se se solapeaban con el caribeño doble sentido: por ejemplo

Alza la mano si tú estás gozando

Muévelo, muévelo (qué ssssabrosa!)

Muévelo, muévelo (cómo lo hacesss!)

ven a bailaaar (huummm), ven a gozaaal

enséñales que tú sabes menearlo

para un lado, para el otro

enséñales que tú sabes menearlo

agarra tu pareja y ponte a vacilar

muévelo, muévelo, muévelo mami,

ahora tienes que parar

No hace falta tener mucha agudeza para darse cuenta… pero quizás el hecho de ser alusiones con doble sentido lugar de letras explícitas permitió que “pasara piola”.

Ahora, aunque siga sin gustarme el re-ggae-tón (lo escribo así para no salir en las “googleadas” que buscan esa música) ya tengo material para fregar a mis sufridas amigas que se escandalizan porque sus hijos e hijas lo bailan: decirles “oye, amnésica, ¿y en nuestra época no bailábamos la música de El General?”. No, no me he vuelto defensora del perreo. Es sólo que ahora tengo la certeza de que LA HISTORIA SE REPITE y por tanto, ESTO TAMBIÉN PASARÁ y quedará atrás.

Conclusión 1: Toda época tiene su moda, y es deber de cada generación escandalizar con alguna de esas modas a la generación de sus padres.

Conclusión 2: Las modas, por definición, se han hecho para los jóvenes, y los jóvenes a) pueden ser alocados, pero no son descerebrados; y sobre todo b) no serán jóvenes por siempre… ya pronto se asentarán y tomarán sus rumbos en la vida.

Conclusión 3: Si ni la bomba atómica, ni el hueco en la capa de ozono ni el SIDA han acabado con la humanidad, difícilmente un género musical lo hará. Especialmente uno que, como tantos otros antes, un día pasará de moda, como pasaron el mambo, el twist y la psicodelia.

Epílogo:

Los “escandalosos” trajes de las bailarinas de mambo ahora lucen como el colmo del decoro. Los jóvenes hermosos y malditos que bailaban mambo, twist y rock’n’roll y que hasta probaron algo de marimba, ahora son respetables ciudadanos adultos que han criado hijos (muchos andan ya chocheando nietos) también ciudadanos ya: muchos incluso gozan de gran prestigio en el mundo de los negocios o en su comunidad.

¿Y qué fue de los anatematizados músicos? Carlos Santana perdió el cabello, se bautizó y ahora se proclama un hombre espiritual; John Travolta, a Dios gracias, después de “Grease” nunca más volvió a perpetrar otra canción; los “subversivos” punks y new waves extranjeros se extinguieron darwinianamente (salvo una que otra excepción). En nuestros lares, Daniel F, líder de Leuzemia, ahora canta solitario sus temas, pacíficamente acompañado de su guitarra. Bye bye, pogo. Y en cuanto a Edgardo Franco, “El General”, éste ha anunciado ya su retiro de la música.

Y es que el tiempo pasa / y nos vamos volviendo viejos… ni los Rolling Stones se salvan, y en esta última gira mundial los sesentones más wild del mundo andan con geriatra de planta ya. Plop.

Ya veremos con qué otros actores y disfraces se repite en el futuro esta misma historia una y otra vez…

He dicho.

(Nota: “Anatema” primitivamente señalaba los objetos consagrados a los dioses, especialmente las ofrendas. Con el Cristianismo, pasó a significar maldito, fuera de la Iglesia. Se trata de la máxima sanción impuesta a los pecadores; no solamente quedan excluidos de los sacramentos, sino que desde ese momento se les considera destinados a la condenación eterna).

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