
I: Tiroidectomía.
Ha pasado casi un mes desde que me extirparon por completo la glándula tiroides. Me encuentro todavía en periodo post-operatorio, ya adaptándome a mi nueva realidad. Ha sido un camino largo y un poquito accidentado, pero vamos bien.
El hecho es que en el año 2022 me detectaron en un chequeo de rutina unos nódulos en la tiroides. Que entonces eran pequeños, pero para cuando llegamos al 2025 habían crecido mucho. ¿Por qué? No se sabe ni se sabrá nunca. Como lucían sospechosos en la ecografía me hicieron una biopsia, que dio como resultado una clasificación de IV en la Escala Bethesda. Cuyo máximo es VI. Es decir, podíamos estimar un 30-40% de probabilidades de que fuera maligno.
¿Qué hacer? Todos los oncólogos que vi (en hospital público y en clínica privada) me dijeron que no se podía saber con certeza si eran malignos o no a menos que se sacase toda la tiroides (la operación se llama tiroidectomía) y se enviase lo extirpado a analizar a laboratorio. En la clínica privada me recomendaron extirpación total, en plan prevención. En el hospital público simplemente no operan: esperan hasta que el tumor avanza hasta Bethesda V. Pero eso significa un 80% de probabilidades de cáncer, y quizás ya diseminado.
Y aunque yo soy enemiga de las cirugías, elegí no esperar y pasar por quirófano. Por varias razones. Una, por no correr un riesgo. Dos, porque los nódulos ya me estaban produciendo molestias muy concretas: dificultad para deglutir los alimentos, sensación de carraspeo constante, tos cuando quería hablar en voz un poco alta. Y tres, porque operarse a los 59 es menos riesgoso que a los, no sé, de repente 70 años.
II: Hipocalcemia.
La cirugía, a cargo de un cirujano oncólogo especialista en cabeza y cuello, transcurrió sin sorpresas. Me operaron un jueves por la tarde, y el viernes ya me estaban dando de alta. El sábado por la tarde, en mi casa, empecé a sentir cosas raras. Concretamente, ¿conocen esa sensación de hormigueo cuando se les adormece el pie o la pierna? Pues eso. No parecía nada muy grave.
Pero lo era. Para la madrugada del domingo tenía todo el cuerpo acalambrado y ya no podía ni pronunciar palabra… porque los músculos de mi cara no me hacían caso. Para cuando llegamos a Emergencia estaba casi convulsionando, y determinaron que tenía un bajón tremendo y peligroso del nivel de calcio en sangre. A pesar de que al salir de la tiroidectomía ya me habían puesto calcio a la vena y de que estaba tomando pastillas de calcio en casa.
Estaba tan, tan bajo mi calcio que no se lo creían y volvieron a hacer el análisis. Y confirmado, estaba en 6.21. Según los estándares si baja a menos de 6 uno se puede hasta morir.
A partir de ese momento todo fue ya muy rápido. En resumen, con esos infra niveles la única forma de reponerme el calcio a tiempo para que no me muriera era literalmente bombardearme de no sé cuántos frascos de Gluconato de Calcio a la vena por día. Un tratamiento que tiene sus riesgos. Por los cuales me internaron en UCIN (Unidad de Cuidados Intermedios) para aplicármelo bajo monitoreo 24/7.
III: Cuidados Intermedios (UCIN)
Mientras me enchufaban cuchucientos electrodos y vías intravenosas por todos lados, para monitorizarme y estar seguros de que el remedio no iba a resultar peor que la enfermedad, hubo un momento en que pensé “No Diosito, por favor, yo no quiero estar aquí, mejor me llevas de una vez”.
Y Dios me contestó. Me hizo ver las imágenes de lo solos que se iban a quedar mi hijita, mis papis, mi esposo, si yo me iba. Y fue ese el momento en que rogué a mi Señor de los Milagros que me permitiera verlos de nuevo, aunque fuese sólo una vez más.
Estar de visita en el mundo de UCI/UCIN significa saber que existe la posibilidad muy real de no salir vivo de ahí. Y que, de ser el caso, será un viaje muy enchufado y monitorizado, pero muy solitario. Ahí se está solo y aislado. En esos cubículos solo hay una hora de visita al día, y está prohibidísimo que los pacientes tengan celular. Tu única compañía real ahí, aparte de Dios, es tu propia conciencia. Así que me apliqué a permanecer consciente el mayor tiempo posible.
En mi caso, además, necesitaban literalmente inflarme de Gluconato de Calcio para regresarme al mundo de los vivos. Y ese medicamento es tan fuerte que mis venas no lo aguantaban y se colapsaban. Me tuvieron que poner vías nuevas cada pocas horas durante los dos días que estuve ahí. Eso fue durísimo. Eso, y escuchar que los pacientes de los cubículos X o Y ya habían fallecido.
IV: Reflexiones
Ya había pasado dos días con sus noches ahí en el mundo de UCIN, y estaba claro que no me tocaba todavía “mudarme al otro barrio”. Y mientras intentaba comer el almuerzo, adolorida con una vía intravenosa en cada mano, llegó mi esposo, feliz con la noticia de que esa tarde me enviarían a un piso normal de hospitalización.
No puedo quejarme de la atención, la calidad humana del personal que nos cuidaba. Siempre super empáticos, siempre con una sonrisa. Casi casi sufrían conmigo cada vez que tenían que volver a pincharme para canalizarme las vías intravenosas. Pero por más empatía y calidad humana que pongan, el dolor es el dolor, el aislamiento es el aislamiento, la muerte (que ahí en el mundo de UCI/UCIN se ve a diario) es la muerte.
Y cuando se está frente a estas realidades, de pronto muchas cosas y asuntos materiales dejan de ser importantes. Es más, ya ni los recuerdas. De pronto nada es un problema. De pronto lo único que importa es volver a estar con tu gente y agradecerle a Dios y a la vida el poder disfrutar con ellos del tiempo que te quede, sea poco o mucho. Porque la verdad es que nadie tiene la vida comprada, todo puede cambiar en un segundo, y lo que es hoy, puede no ser mañana.
V: De regreso.
Después de pasar un día adicional en piso, salí de alta. Con los brazos adoloridos, hinchados y llenos de pinchazos como de adicto, pero eso se resolvió en poco más de una semana.
La mejor noticia la recibimos una semana después de la operación: ninguno de mis nódulos tiroideos era maligno. En mi tiroides había un rosario de adenomas, pero ningún carcinoma. Sólo uno de ellos era de un tipo que a veces con el tiempo se maligniza. Pero ya me libré de él. Es decir, no necesitaré yodo radiactivo ni quimioterapia.
A los diez días me quitaron los puntos. Y tres semanas después, ya me siento bastante bien. Ya puedo andar sin que las piernas me pesen media tonelada, ya no siento la planta de los pies como un corcho, ya no me hormiguea nada. Estoy tomando seis pastillas de calcio+vitamina D diarias, y me hacen análisis de sangre cada pocos días para monitorear que mis paratiroides reinicien su trabajo y así mis niveles de calcio vayan mejorando. También ya estoy tomando una pastilla diaria de levotiroxina, para suplir a mi tiroides, y eso me ha renovado las energías.
EPÍLOGO
Decidí contarles mi experiencia sólo por compartir este consejo: en sus chequeos anuales háganse palpar la tiroides. Es fácil, indoloro y no invasivo. La PREVENCIÓN siempre es aconsejable.
Si tienen preguntas sobre algo relacionado con estos temas, me escriben por interno y les contesto. Tranquilos que no les voy a ofrecer en venta remedios milagrosos ni seguros ni vitaminas ni nada, no vendo nada, solo les comparto un poco de mi tiempo y de mi experiencia.
De mi peregrinaje por los sistemas de salud pública y privada no voy a hablar hoy porque es otra historia larga y complicada. Lo único que les puedo decir por ahora es: sí señores, la salud en el Perú es un negocio cruel. En ambos sectores.

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