Como el 99% de los mortales, en algún momento tengo que cocinar. Confieso que aprendí obligada y por necesidad. Mi madre me enseñó a cocinar el arroz, mi tío Martín a preparar sopa de lo que hubiera en casa… y esa fue toda mi formación. Mi madre no cocinaba, y a las empleadas que tuvo tampoco se les hubiera ocurrido enseñarme. Aprendí en plan totalmente autodidacta; y cuando me tocó hacerlo todos los días cocinar fue por mucho tiempo una obligación más con la que cumplía a contra reloj. Mi idea siempre fue salir lo antes posible de la cocina, porque había otras veinte cosas que hacer. Y como suele ocurrir con las cosas que se hacen sin ganas, por obligación y apurados, jamás se me hubiera ocurrido que cocinar pudiera ser una actividad disfrutable.

Hasta que conocí a mi actual esposo. Él, de hecho, se desestresa cocinando, y verlo en acción es todo un espectáculo. Pone alguna playlist de música alegre, se prepara alguna bebida más un snack, y empieza a cocinar, canturreando, silbando, bailando, etc. Viéndolo, empecé a pensar si en mis procesos de aprendizaje no me habría quizás perdido de algo, de eso que a él le permitía disfrutar, relajarse, quitarse el estrés entre ollas y sartenes.
Un poco por curiosidad, un poco por acompañarlo, por hacer algo juntos, empecé a meterme en la cocina con él. Han pasado los años, y he aprendido de cocina algo más de lo que ya sabía: pero más he aprendido sobre mí misma.
Lo que me estresaba de la cocina era pensar en las expectativas de los demás. Pensar en hacer un menú balanceado, que ajustara a las necesidades de todos, y que encima les gustara a todos. Pero como todas las madres de familia saben, eso rara vez pasa en una familia promedio. Siempre habrá el que ponga un “pero”. Y yo, en vez de aceptar ese hecho, me ponía ansiosa, me estresaba y seguía intentando que todos quedaran contentos. Y seguía dándome de cabezazos contra la pared. En esa época todavía no sabía nada del mindfulness.
Y la otra cosa que me estresaba era: ¡los recetarios! Mi mamá tenía (tiene) una biblioteca entera de libros de cocina y recetarios y aparatos, y todo a mi parecer se veía tan complicado, trabajoso e intimidante, que me bajaba la moral, en plan “ya para qué ni intentarlo, ¿no?”, porque seguro que había que haber estudiado un Master en Le Cordon Bleu para poder descifrar todo eso.
Han pasado los años, y sigo cocinando rápidamente porque ya es un hábito más fuerte que yo, pero ya no le tengo miedo ni al proceso ni al resultado. Aprendí que más que recetarios estándar lo que se necesita es conocer las posibilidades de los alimentos y de los condimentos, aprender algunas técnicas básicas, invertir en algunas buenas ollas, y como decía Gastón, conocer y respetar el ingrediente principal. Llegado a este punto, una vez que mandamos el recetario (y los temores) al tacho, ya podemos empezar a ponernos creativos, con lo que haya en casa o con lo que encontremos en el mercado.
Han pasado los años, mi marido y yo nos alternamos en la cocina, y yo he abierto un TikTok donde comparto algunas de mis recetas rápidas, entre otras cosas. Mi canal se llama “Isa y Sus Cosas”.
Y tú, ¿cómo te relacionas con la cocina?
Deja una respuesta